
Tenían como líder a Pedro Bala, rapaz de quince años, rubio, cicatriz en el rostro. Generoso y valiente, desde pequeño vagabundeaba por las calles. De día, mal vestidos, sucios y hambrientos, deambulaban por las calles, fumando puntas de cigarro, mendigando comida, practicando pequeños hurtos. Ese contacto precoz con la dura realidad adulta los hacía agresivos y deslenguados. Los Capitanes de la Arena también realizaban robos mayores. Conocidos y temidos, la policía buscaba el escondrijo y al jefe de los capitanes. Serían enviados al Reformatorio de Menores, establecimiento ejemplar para niños en proceso de regeneración, con trabajo, comida y esparcimiento. Sin embargo, esa no era la opinión de los menores infractores. Sabiendo que estarían sujetos a castigos, preferían las amarguras de las calles y de la arena... [Leer más]
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